Anoche oí al Papa y me quedé estupefacto.

- No importa el color de la piel ni tampoco el país. Dios da la misma oportunidad a todos.

Llovía. Sus palabras retumbaron en mis oídos con fuerza.

Removí las cenizas de la chimenea. Me acordé de la última patera que llegó a la costa.

Sus ocupantes extenuados y hambrientos. Se curaban sus heridas, se les daba comida y una manta. Los devolvían a su país pagando el pasaje para ese viaje a ninguna parte.

Llamaron mi atención unos ojos grandes en una cara pequeña. Sus lágrimas silenciosas y rápidas. Me miró y sentí el hielo adentrarse en mi alma. Quemaba.

- La paz, la libertad.

De nuevo la voz del Papa. ¡Qué frío sentía yo ahora en casa! ¿Habría tenido ella esa oportunidad?

Miré al cielo. Ya no llovía. La luna asomaba tímida. Ese Dios ¿habría estado allí?